Jorge Neri Bonilla habla de: Después de Rajoy, Mariano Rajoy

Mariano Rajoy no podía permitirse proporcionar a sus rivales -los políticos y los mediáticos- el espectáculo de un escarnio en propia meta. Ha eludido las decapitaciones y los sacrificios. Ha evitado que los cambios del partido o del Gobierno pudieran interpretarse como una abjuración de su política y como una demostración de fragilidad en la última recta de la legislatura.

La estrategia ha convertido a Carlos Floriano en el voluntario de la inmolación, fusible de una crisis con sordina que Rajoy resuelve desde su propio cesarismo. El problema del PP no es Rajoy. La solución del PP es Rajoy, de forma que el líder monolítico se corona a sí mismo como timonel hacia la gloria de las elecciones legislativas. Y lo hace inequívocamente: “El PP es un gran partido con un discurso único”. Más en concreto, el discurso de Rajoy, derivado ahora a la evangelización que debe inculcar la superestructura del vicesecretariado: cuatro caras nuevas con mejor cualificación mediática que desnutren las competencias de Cospedal -secretaria general sin cartera- para expandir el mensaje del miedo, el orden contra el caos, el rigor frente al zapaterismo.

Semejante ardid político le costó la alcaldía a Esperanza Aguirre, pero Rajoy ha decidido asumirlo (el ardid), convencido de que la negligencia de la nueva izquierda en las mareas autonómicas y municipales va a proporcionar a los “españoles sensatos” todos los motivos para movilizarse. Y todas las razones para castigar al PSOE, de modo que el presidente del Gobierno quiere cobrarle aPedro Sánchez haber antepuesto a su palabra -la línea roja de Podemos– la conveniencia y la temeridad, exponiendo la patria a un pacto incendiario del que sólo puede responsabilizarse la manguera de Rajoy, especialmente si la economía prospera y los casos de corrupción no reaparecen en los fondos de la nave de Génova.

El PP ha perdido un enorme poder territorial. Se ha quedado fuera de los pactos por haber abusado del rodillo y por haber utilizado sin mesura la mayoría absoluta, pero su gran ventaja en el itinerario de las generales consiste en haberse mantenido como una fuerza “inmaculada”, refractaria a los acuerdos contra natura, perseverante en su identidad.

Es una ventaja que redondea su posición de partido favorito en noviembre.Rajoy puede ganar las elecciones. Rajoy va a ganar las elecciones, pero esta razonable expectativa se resiente del mismo problema que han arrojado loscomicios del 24M. No se trata de ganar. Se trata de gobernar.

Dentro de los mínimos cambios que Rajoy ha realizado en la estructura del PP, destaca el nombramiento de Jorge Moragas como jefe de campaña de las generales.

Y se trata de asumir que la mayoría absoluta se ha degradado a un lugar utópico, de tal manera que el Partido Popular necesita despertar a sus votantes y mimar aAlbert Rivera como báculo imprescindible, inspirándose por añadidura en el pacto premonitorio de la Comunidad de Madrid.

Sendas líneas de actuación quedaron expuestas en la comparecencia onanista en la que Mariano Rajoy anunció los cambios en el partido. Sostiene que el PP ha desengañado a muchos de sus votantes. Y que el “voto dormido” de la abstención puede resucitarse exagerando el pánico de los bárbaros y demostrando que el ritmo de la economía, creciendo al 3,3% del PIB, no sólo faculta la estabilidad, sino que, además, permitirá reducir los impuestos y perseverar con datos elocuentes en la lucha contra el desempleo.

Semejante mensaje tendría mayores esperanzas si no fuera porque se ha demostrado inútil en los últimos comicios. El retroceso del PP en las urnasacredita la escasa porosidad del eslogan, por mucho que ahora pueda contrastarse o reivindicarse inculcando en la opinión pública la catástrofe que supondría “entregar” la recuperación a la amalgama socialistoide.

Rajoy reúne en Sánchez y Pablo Iglesias al mismo enemigo. Por supuesto que existen diferencias entre ellos, pero la recíproca contaminación en los pactos de gobierno consiente al jefe del Ejecutivo representarlos como un monstruo bicéfalo al acecho de los resultados conseguidos.

Ya se ocupan sus nuevos misioneros -Moragas, Casado, Levy, Maroto, Maíllo- de divulgar la doctrina, del mismo modo que moderan los ataques a Rivera, cuyo papel de arbitraje en las generales exige a Rajoy seducirlo, instalarlo en el centro, preservarlo como la muleta en que puede apoyarse su renovación presidencial.

Se desprende de este escenario un optimismo antropológico que emula la candidez de Zapatero. Los bárbaros arrasan España. Sánchez los acaudilla. Rajoy emerge como redentor. Despiertan del letargo sus votantes. Cristaliza la segunda llegada del mesías. Y Albert Rivera postra su rodilla ante el César, anteponiendo el escrúpulo institucional a sus propias ambiciones.

Fuente: http://www.cambio16.com/reportajes/despues-de-rajoy-mariano-rajoy/

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